Yo no te digo

Salvo excepciones de las que no me apetece hacer el esfuerzo de acordarme, nunca me han parecido sinceras las respuestas a las preguntas en las que nos piden una prelación de los gustos e influencias sobre música, literatura, pintura, o cualquier otra disciplina o arte que nos haya podido influenciar. Nunca he sabido elegir de manera absoluta, siempre me queda la duda y la consciencia de la circunstancia que afecta al recuerdo, y el deseo de no molestar o de parecer injusto. Hijos putativos de mil padres mestizos, ¿a cuál queremos más? ¿quién ha sido el mejor, de quien aprendimos más? Si todo es una sucesión continua de influencias anidadas, ¿cómo desgajar una sin perderlo todo, cómo siquiera conocerlas todas?

Cómo abarcar tanta memoria y olvido para discernir si estamos ante algo distinto de la variación de un plagio o ante una mutación evolutiva de la creatividad. Cómo saber si la selección es propia de nuestros gustos o de nuestra debilidad para sobreponernos a la influencia de la moda

Y mucho menos los ranking que se confeccionan a partir de esas muestras, siempre sesgadas y estadísticamente insuficientes para abarcar la representación del universo de la creación humana.   Acaso, si cabe, señalar como determinante aquello que bifurcó la evolución, aquello que integró lineas antes separadas o lo que finalizó un camino

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