Notas / Apontamentos

Relatos cortos, sin pretensiones, sólo para mí. Para contrastar algo que he asumido desde que por primera vez me vi delante de aquella Olivetti Lettera 32, una más de aquellas cosas que la magia de mi padre hacía aparecer cualquier día en casa, sin un objetivo ni finalidad concreta, y que al final formaban una parte sustancial del decorado, sin cuya presencia no era posible representar la obra (algún día tendré que hablar de todas esas pequeñas cosas sin las que no puedo reconocer mi historia).

1964_olivetti_lettera_32_04El primer impulso fue escribir por fin la obra definitiva – siempre he creído que la palabra es la que ha creado y la que puede cambiar el mundo – y sólo lograba estrujar papeles con textos erróneos, insuficientes, desordenados, inútiles. Las palabras y los conceptos, diáfanos y clarividentes de mi mente, nunca alcanzaban a ser representados en la hoja, como si un cortocircuito en las yemas de los dedos impidiera que se trasladaran a ese vacío insondable, virgen e impoluto que esperaba en el rodillo.

Y aún así el aroma de la cinta de tinta, negra y roja, no dejaba de convocarme a esa carnicería de papel, al asesinato de la literatura, sin que las musas vinieran nunca a rescatarme, sumergiéndome con fruición en un crimen del que únicamente fui absuelto por no tener siquiera edad para amar, pero de cuyos estragos nunca me he recuperado (Gigliola Cinquetti: Non Ho L’età; 1964).

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