Homo Burbuja

Nada como divagar cuando vivimos en una realidad donde las escasas certezas resultan insuficientes e incompletas en sí mismas.

¿Qué sabemos? Realmente, poco. Que cuanto más indagamos, y creemos descubrir, nuevas preguntas aparecen. Y entonces creamos el verbo, la palabra, para hacer la pregunta, para desentrañar el misterio, para volver a empezar una carrera en la que lo único que importa es correr, sentir el vértigo y escapar de la náusea.

Tiempo y espacio, velocidad de la luz, gravedad, partículas y energía. Pero no podemos afirmar como absoluta la realidad que los sentidos nos transmiten. Del Universo o de la Nada solo podemos preguntarnos si son reales -¿qué es real?- o virtuales, ¿son uno, multiples o paralelos, finitos o infinitos, en expansión infinita o si, como en un ciclo pendular, la gravedad producirá el retorno al inicio? ¿Existirá la nada infinita? y si el (este) universo es una burbuja ¿su límite tendrá tensión superficial? ¿en qué se expande?

Si ni de la definición de la vida estamos seguros, hemos dejado de ser una excepción para convertirnos en una variante. Y, como hemos hecho siempre, volveremos a preguntarnos qué somos.

¿Qué nos define como humanos? No es solo el ADN, ni la inteligencia, ni la solidaridad, ni la generosidad, ni el miedo, ni el egoismo, ni la estupidez, ni el lenguaje, ni las herramientas, ni los signos, ni la búsqueda del poder o del dominio, ni el sufrimiento, ni la capacidad para el engaño, ni la sociabilidad, ni las jerarquías, ni la adaptabilidad, ni la capacidad de modificar el entorno en nuestro beneficio, ni la curiosidad, ni la habilidad para aprender o para enseñar, ni el instinto …

Todas esas características, y muchas más, las compartimos, con mayor o menor intensidad, si bien nosotros parece que podemos aglutinarlas todas, incluso alcanzando elevados niveles de contradicción entre ellas.

Pero si tuviera que decir qué nos caracteriza distintos de otras especies de la Tierra, en primer lugar, señalaría la capacidad para imaginar y fabular traspasando el límite del corto plazo, en una busqueda de trascendencia que supongo dio origen a la necesidad de encontrar maneras de transmitir el mensaje por medios distintos al ADN y al aprendizaje directo dentro del grupo de nacimiento, para garantizar el traspaso minimizando la pérdida del conocimiento y de las habilidades adquiridas, en una especie de generosidad intergeneracional para progresar en la superación de los condicionantes de la mera subsistencia. Evolucionamos y nos adaptamos con tanta versatilidad porque nuestros antepasados, con todos sus defectos y con todas sus virtudes, fueron capaces de superar los límites del corto plazo, conservando y ampliando el conocimiento en un proceso de acumulación, de ahorro y de inversión.

Y, en segundo lugar, el paso de la fabulación a la racionalidad y al método ciéntifico en un proceso que nos ha traido a una nueva encrucijada: la capacidad de producir efectos sobre el entorno a escala global, a un nivel que ataca directamente la sostenibilidad del sistema en los parámetros naturales que hasta ahora hemos conocido. Tenemos la capacidad de desbaratar la acción de la naturaleza a corto plazo para reajustar los efectos de nuestra huella, en una carrera alocada, como si pudiéramos escapar de nuestra condición física y emocional. Nos enfrentamos a nuestra propia contradicción metidos en una endeble burbuja de consumo y derroche sin restricción de unos recursos limitados, robándoles el futuro a nuestros hijos. Desaforados, olvidamos que nuestros plazos no alcanzan para enfrentar el tiempo geológico. La naturaleza alcanzará su nuevo equilibrio en otro sistema y en este caso puede que sea el egoismo de la inmediatez irresponsable lo que acabe con nosotros, porque habremos perdido la solidaridad intergeneracional para actuar con criterios sostenibles a largo plazo (al menos como especie y para la vida que hemos conocido en este pequeño punto del espacio-tiempo).

Vivimos en una burbuja de derroche insostenible, inconscientes de su corto plazo y de que todas explotan cuando la tensión superficial no alcanza para mantener la presión interna de su expansion, o simplemente por el contacto de su membrana con la entropía del universo. Y no tenemos otra nave en la que viajar salvo esta burbuja espacial que llamamos Tierra, donde nosotros podemos ser nuestros peores monstruos o despertar a un nuevo sueño.

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