Encuentros sin destino

Y apareció Lidia, más hermosa, inflamándome con su locura – mi soledad.

Lidia, mi plenitud cuando te encuentro.

Bebimos y bailamos y al final solo su luz permitía mantener una leve sensación de realidad, entre  sombras ominosas, amenazantes. Nos embriagaba el deseo de no ser, de no haber sido y, a su vez, encontrar universos donde pudimos ser lo que quisimos.

Todo se fue haciendo difuso, salvo nuestra imaginación y el deseo.

Nada era ya improbable, lo prohibido como única utopía, incapaces de encontrar límites en la evidencia de estar sumergidos en lo intangible, lo habíamos abandonado todo y a nosotros mismos para fundirnos en la consciencia de la gravedad y el tiempo.

Anotación en el límite de la cordura.

Venenoso, eso es lo que quisiera ser, para morderme en un descuido y volver allí donde las palabras no alcanzan a describir la belleza, porque ni la belleza ha sido descubierta, ni ha alcanzado a llegar el tiempo, aprisionado por la fuerza de la gravedad, que aún no se ha manifestado.

La pre-brutalidad infinita, inabordable, del instante anterior a la explosión germinal.

¡Cuánto vértigo, ante la ausencia de gravedad y de tiempo!

Y, para disimular, sonrío y recuerdo … el olvido. Tu olvido, Lidia

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